Los territorios ausentes.., p.1
Los territorios ausentes / Missing Territories, page 1

Recuperando el pasado, creando el futuro
Arte Público Press
University of Houston
4902 Gulf Fwy, Bldg 19, Rm 100
Houston, Texas 77204-2004
Diseño de la portada por Mora Des¡gn
Arte de la portada por Gustavo Duque
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A Morbila Fernández, Martín Sancho y Milton Machuca,
compañeros de viaje
Conozco al monstruo,
he vivido de sus entrañas.
Yo también soy monstruo.
Gustavo Pérez Firmat
ÍNDICE / TABLE OF CONTENTS
LOS TERRITORIOS AUSENTES
Los territorios ausentes
Escuchando al maestro
Retrato hablado
Lejos, tan lejos
Dios ha sido generoso con nosotros
Salgo mañana, llego ayer
Apuntes para un cuento policiaco
Arriba, abajo, al lado
Cementerio de carritos
La multitud
MISSING TERRITORIES
Translator’s Note
Missing Territories
Listening to the Master
Sketch Artist
Far Away, So Far Away
God Has Been Generous with Us
I leave Tomorrow, I’ll Arrive Yesterday
Notes for a Detective Story
Bottoms Up!
A Cemetery for Carts
The Crowd
LOS TERRITORIOS AUSENTES
Travel is a vanishing act.
Paul Theroux
Ayer mi madre me contó por teléfono que papá se estaba quedando ciego.
—Él no dice nada, como siempre, pero lo noto ahora que le ayudo con las compras del mercado.
Su voz no transmitía emoción, no como quien da una mala noticia, sino como quien corrobora un hecho de por sí ya intuido. —Se acerca al borde de la acera y duda. Hasta hace poco yo no entendía y pensaba que era otra necedad de viejo. Lo veía balancearse, después dar un brinquito al pavimento. Quería regañarlo, pero decidí esperar. Vos sabés cómo es tu papá. Suspendió la suscripción del periódico, según yo porque la plata no alcanzaba, como siempre, pero ahora sospecho que no puede leerlo, aunque usa un lente que tiene escondido bajo llave . . . tal vez te lo diga cuando hablés con él . . . hace poco lo mandé a comprar unas salcitas para adobar carne, pero trajo las incorrectas. Su excusa fue que los frascos se parecían . . .
Se detuvo un momento para tomar aire. Yo no había dicho nada hasta momento, así que me preguntó si aún estaba ahí.
—Sí, mi mama, dígame.
Entonces empezó a hablar de otra cosa, de las dolencias de una señora a quién yo no recordaba. Luego me explicó que papá recién llegaba con los comestibles del día y, aunque también se estaba quedando sordo, aún podía oír lo que le interesaba.
—Un día de estos decidí preguntarle directamente si ya no veía —continuó luego de otra pausa, seguro para asegurarse que mi papá no se hallaba cerca—. Como te podrás imaginar no me contestó con un ‘sí’ o un ‘no’. Se puso bravo, me dijo que lo dejara tranquilo, que no fuera metiche. ¿A vos qué te parece?
Creo haber respondido con una mezcolanza de resentimiento y cansancio. Seguidamente le ofrecí apoyo incondicional a mi madre, pues si era cierto que papá se estaba quedando ciego, la responsabilidad de la casa y de la relación recaería al cien por cien en ella. En aquel momento en mi vida, apoyo significaba principalmente dinero, el que pudiera rescatar de una vida desordenada, deambulando de aquí para allá por ciudades y pueblos de Estados Unidos. Mi mamá ya no tenía claro exactamente dónde yo residía, y a sus amistades les hablaba más bien del lugar desde donde le había hablado la última vez. Ella trataba de explicar(se) mi comportamiento en términos de su falta de educación. Le decía a la gente que no podía recordar el nombre del sitio donde yo me encontraba porque nunca aprendió bien geografía en la escuela. “Los Estados Unidos es tan grande”, solía justificarse. “Una ni se lo imagina”.
Mi madre venía de un pueblo tan pobre que en la escuela ni siquiera tenían un buen mapa de América. El único a disposición de los alumnos estaba rasgado en varias partes, y el maestro apuntaba con su temible regla metálica el vacío y les pedía a los niños que imaginaran los territorios faltantes, sus riquezas, sus gentes. Sin embargo, la verdad podía ser otra: Mi madre pocas veces había salido de Cartago, una ciudad pequeña entre montañas, donde las nociones de distancia eran muy particulares. Fuera de los límites de Cartago todo parecía estar aterradoramente lejano. Unos cuantos cientos de kilómetros conducían inevitablemente a otro país, es decir a ese extremo del mundo donde todo era diferente y amenazador. Cuando era niño yo mismo sentí esa sensación de extravío hasta que leí algunos libros, le creí a las películas y conocí a gente que tenía otras experiencias. Esas personas me enseñaron a soñar con espacios que yo apenas podía entender, pues me faltaban imágenes, sonidos y sabores. Después crecí y me harté. Las hermosas alturas alrededor de mi ciudad empezaron a ahogarme y un día vendí mis discos, un viejo pickup que adoraba, unos aretes de oro que pertenecieron a mi abuela, y me subí a un avión sin contarle nada a nadie. No hubo ceremonia de despedida, ni deseos de buena suerte. Mejor así.
Horas después estaba en Los Ángeles, tan lejos de todo que la idea de distancia se fue deshaciendo rápidamente en su propio absurdo. Llegué, como la gran mayoría de los indocumentados, por la puerta grande de un aeropuerto, con una visa que me daba unos meses de libertad para explorar mis sueños y tomar decisiones. Le dije al oficial de migración que apenas le entendía . . . “Yo ¿Yo? ¡A los parques de diversiones! ¿Yo? Mall. ¿Entiende? Shopping . . .” Al rato crucé esas puertas que se abren como por encanto, que separan el mundo aséptico y refrigerado del aeropuerto de la ferocidad de la calle. Allá afuera algo bullía, algo terrible y hermoso como el cuerpo desnudo de un desconocido. ¿Era eso Los Ángeles? ¿Acaso esa multitud congregada en el aeropuerto? Se apiñaban ahí todas las voces, todos los aspectos físicos, todas la actitudes. Había miradas ansiosas, tristes, alegres, indiferentes, oscuras. Vos salías a los ruidos, mi mama, pues los ruidos te recibían al otro lado de la puerta antes que el calor o el frío de la estación. Algunos eran inmediatos, como los murmullos y gritos de las personas, o los avisos de los altavoces, o los vehículos en su ir y venir. Otros sonidos surgían del fondo, de la noche misma, como el rugido de un animal oculto que merodeaba en algún rincón imposible de señalar. La bestia que es Los Ángeles nunca duerme, no te acoge ni te expulsa ni te promete nada, solo está.
Sí, de repente ésa era Los Ángeles. Amanecía en tonos grises, el rugido de fondo se volvía más intenso. Y yo estaba allí con la dirección del amigo de un amigo en la mano y una extraña sensación en las tripas, no tanto de miedo como de vértigo. Me había esfumado de todo, desvanecido como ocurre con ciertos recuerdos, y esa posibilidad de ser un espectro me causó un delicioso estremecimiento. Ahora solamente tenía dos retos: sobrevivir y explicarle a mi madre mi partida.
La ciudad, aparentemente interminable, en algún momento se topaba con el mar. Tomé varios autobuses, no cualesquiera sino aquellos que me llevaran al oeste. Según me habían dicho, en esa área encontraría los parques donde los indigentes dormían. Eran amplias extensiones llenas de palmeras, con senderitos de cemento bordeados de arbustos. Los indigentes le daban un aspecto ruinoso, destruían el césped, echaban a perder las fuentes de agua y los baños públicos, donde además dejaban las paredes repletas de mensajes sin destinatario preciso: reclamos, invitaciones y proclamas a quien quisiera leerlas; dibujitos obscenos, garabatos sin sentido aparente, nombres, muchísimos nombres . . . Esas zonas de mendigos eran territorios libres. La policía solamente entraba cuando había incidentes, aunque siempre de noche una patrulla vigilaba desde cierta distancia. De cuando en cuando un fuerte haz iluminaba los arbustos, las cajas de cartón acomodadas como féretros sobre las bancas, los bultos escondidos entre las plantas. De cualquier modo, esos hombres y mujeres eran invisibles. Bajo la luz del día ni los oficiales, ni quienes iban rumbo a la playa, ni quienes paseaban o hacían ejercicio en los bulevares eran capaces de verlos. Solamente existían para algunas iglesias, cuyos voluntarios llegaban por las tardes con mensajes de salvación y comida. Los mendigos también éramos parte de un paisaje móvil para quienes nos necesitaban como objeto de estudio, principalmente investigadores de las universidades. Venían en grupo con sus estudiantes y se iban parque adentro a encontrar quién contestara algunas preguntas a cambio de dinero, o se dejara tomar muestras de sangre o hacer un examen físico cuyos resultados nunca nos eran notificados. Objetos de ciencia o simplemente objetos, de eso no pasábamos. Ahí, en el parque frente al mar, podría instalarme mientras me orientaba para encontrar al amigo de mi amigo.
Hube de competir con los mendigos. Había un largo paseo peatonal donde nos tirábamos a pedir limosna. Algunos tocaban guitarra, otros hacían figuritas de papel, otros rogaban compasión como buenos actores. Yo me dejaba caer al piso con un torpe rótulo, No Talents, casi colgándome de las manos. Y quizás por la sencillez del mensaje, o porque parecía más invisible que los otros, o simulaba mejor la sinceridad, las
De ese modo me fui quedando en Los Ángeles, la ciudad inabarcable. “Buscá a ese mae”, me había dicho mi amigo. “Tener a alguien conocido en tierra extraña es como una ventana en un caserón abandonado: Aunque sea incómoda te permite entrar. Una vez adentro, entre el polvo y la soledad no vas a encontrar cuartos sino una red. Seguila, subite a ella y la red te llevará a algún lado”.
Al cabo del tiempo encontré una casa llena de ticos, unos treinta, viviendo estrechamente, cocinando en una plantilla de gas, hablando del futbol dominical y de la política como si aún pudieran asistir al estadio y vivir lo que ocurría a miles de kilómetros de distancia. Estaba en un barrio malo, de calles sucias y pintas en las paredes. No era, sin embargo, de los peores. No, esos se encontraban ciudad adentro. Podías identificarlos por el tipo de grafiti, esos códigos desplegados a lo largo y ancho de los muros y aceras. La mayoría de nosotros no entendía el significado de las pintas. No era necesario, bastaba saber que te encontrabas en territorio reclamado por alguna pandilla, y si podías era mejor largarse cuanto antes. Si no podías, no quedaba más alternativa que negociar los términos de tu sumisión a la violencia.
La lógica indicaba que la casa de ticos era lugar de paso, por lo que algunas mañanas aparecían caras nuevas, en tanto las de ayer desaparecían. “Hoy estás, mañana, no”, me había explicado el amigo de mi amigo. “Tuyo es el catre que te han alquilado, nada más. Irte es tu destino. No debés apurarlo, pero tampoco podés dormirte en los laureles”. A mí me daba pereza estar presentándome a los recién llegados y decirles adiós a quienes se marchaban. Detestaba el fútbol, los chistes repetidos una y otra vez con leves variantes, la insistencia de que no hay nada mejor en el mundo como lo peor que se ha dejado atrás. Yo no hablaba mucho. Mi silencio no era bienvenido, pero al menos respetado.
Prefería estar en las calles, conseguir un trabajo, fuera este lo que fuera: limpieza de jardines o edificios, construcción, lo que fuera. Permanecía atento durante los largos recorridos en autobús, en ruta hacia las esquinas que tenían fama de seguras y donde nos reuníamos a esperar el trabajo del día. Así anduve entre gente de muchas partes, rostros que a veces reconocía, rostros que a veces creía reconocer. Pero yo estaba en lo mío, tan callado y al mismo tiempo alerta de lo que pasara alrededor. El amigo de mi amigo me había enseñado a desconfiar, pues cualquiera de esas personas que aguardaban la oportunidad de oro podía ser un agente encubierto, un oficial listo para guiarte hacia una trampa que significaba largas semanas en esas cárceles donde no había nombres, ni luz, ni esperanza. Luego te presionaban para obligarte a firmar papeles en los que renunciabas a tus derechos, o largas comparecencias ante los jueces. Al final de cualquiera de los caminos vendría la deportación.
Pero también entre los desconocidos podía estar esa persona que el destino en ocasiones te ofrece. Si ese alguien finalmente iba a reconocerme en la inmensidad de Los Ángeles, yo debía estar listo. Tal vez deseaba tanto esa oportunidad —no se la confesaba a nadie excepto a mi madre, con quien hablaba desde los teléfonos públicos usando las tarjetitas que compraba en las estaciones de gasolina— que tuve que provocarla, incluso a pesar de los riesgos. ¿De qué otra manera se llega al final del camino? Una tarde volvía del trabajo hacia el bus stop cuando me pareció escuchar que me llamaban desde un carro. El chofer hacía sonar el claxon y se dirigía a mí con palabras que yo apenas podía entender. Se detuvo un poco adelante y me asomé por la ventanilla, aunque mi inglés y mi conocimiento de la ciudad no me hubieran permitido orientar al conductor en caso de que estuviera perdido. Pero no era así. El desconocido me invitaba a subir al carro, a irme con él. Yo aún estaba sucio después la jornada de trabajo, con una camiseta rota y un viejo casco repleto de magulladuras, pero así me quería el hombre. “Yo gusto tú”, dijo varias veces para convencerme. Mencioné una cantidad de dinero, él aceptó con una inclinación de cabeza. Entonces subí y le hice una señal para que avanzara.
El hombre hablaba sin respiro, así engañaba a sus temores y al mismo tiempo le abría paso a la excitación de tener cerca a ese objeto que era yo. Por mi parte, en esas circunstancias prefiero saborear lo que mi cuerpo y mi corazón me dictan. Sí, estaba un poco nervioso, pero simplemente me dejaba ir, aceptar mi suerte. El corazón me palpitaba un poquito más rápido, a la vez creía oír con mayor claridad todo, desde el tráfico hasta el roce de un papel contra el asfalto. A la cháchara del hombre le respondía con una mirada. Nuestro único juego se daba cuando pretendía quitarme el casco y el hombre, hablando aún más rápido, me indicaba que no. Levantaba su mano como para volver el casco a su lugar, pero no se atrevía a tocarme, tan inmensa era la soledad a la que se había acostumbrado a vivir.
Llegamos a uno de esos moteles de camino como los que salen en las películas. Probablemente construido en los cincuentas, sus épocas de gloria se habían acabado décadas atrás, y ahora mostraba con descaro su decadencia. Aún así era mucho mejor que algunos lugares de paso que había conocido en San José, especialmente en los alrededores de ciertas estaciones de autobuses. Allá tenían un aire siniestro, una promesa de peligro que los clientes habituales quizás no podían percibir, pero que para mí eran parte indispensable de la aventura. Los moteles de acá habían perdido todo: el brillo, el misterio, la rebeldía contra las reglas. ¿Sería por eso que había tantos asesinatos en este tipo de locales?
Ya en el cuartillo, le indiqué al hombre que deseaba ver el dinero. Me mostró unos billetes, pero los puso de nuevo en su cartera mientras decía algo y se llevaba la mano al corazón. Después empezó a quitarse la ropa. Yo también lo hice y me eché en la cama. El hombre apiló las almohadas encima de una manta que había encontrado en el clóset, de tal forma que yo quedara reclinado. Ya desnudo el hombre parecía muy frágil, demasiado blanco, el cuerpo hecho a las exigencias de una oficina, con una barriguita que contrastaba con los huesudos hombros. Me pidió permiso para besarme. Lo dejé, pero no en la cara. Me fue acariciando sin prisa, buscando dónde mi cuerpo reaccionaba. La caricia me trajo recuerdos. La memoria se activó no solamente en la piel, sino también en los olores de otras épocas, cuando no pensaba en el futuro porque el futuro siempre estaría allí, de puertas abiertas, esperando. Entonces tener sexo era crecer, acercarse un poco más a ese mañana lleno de sensaciones, de un bienestar surgido de la nada, dispuesto a nuestros pies. Yo me acostaba con alguien en ruta hacia el futuro mientras el presente no pasaba de ser un tránsito. Por eso estaba ávido de aprender, de acumular un cuerpo más en mi viaje hacia otros territorios, hacia otros cuerpos, hacia todos los cuerpos.
En el motel yo estaba tan solo como el desconocido que tenía prendido de mí. Quizás por eso el pasado se fue diluyendo en otras sensaciones, o más bien en lo inmediato, en lo que ocurría justo en ese momento, entre dos hombres que se habían encontrado en la calle. No había otra cosa más allá de nuestra respiración, de los ruidos y exclamaciones que espontáneamente surgían. El afuera intentaba invadir el cuarto con sus demandas: pasos al otro lado de la puerta, un televisor a todo volumen, alguien hablando a gritos, luego un silencio, luego más gritos. Aquí en el cuartillo, el placer que ese hombre me daba carecía de memoria y era bueno. El placer palpitaba piel adentro reconciliándome con el mundo, consumiendo las incertidumbres hasta no dejar de ellas más que unas cuantas cenizas dispersas. Y el placer provocaba cierta textura en nuestra piel, una transpiración sutil que la hacía brillar, una tensión muscular que nos volvía más bellos. Finalmente me vine y creo haber entrecerrado los ojos por un instante, pues cuando de nuevo volví a percatarme de donde estaba—como si por esa fracción de eternidad hubiera perdido contacto con todo que no fuera placer— el hombre me estaba mirando fijamente, como guardando la imagen para un recuerdo posterior, ojalá uno muy hermoso. Su rostro se había transformado también. Tenía colores más intensos, una agitación distinta a la ansiedad de cuando nos topamos en la calle. Se mordía los labios, tal vez frustrado porque algo debía ser dicho en ese momento y ni él ni yo teníamos la capacidad de manifestarlo, de hacerlo entender. O quizás trataba de contener ese beso que aún yo no le había permitido. Luego se incorporó sobre la cama, me pidió permiso para abrazarme. Yo le dije que no.
